Los días grises eran nuestros, la lluvia se convertía en nuestra melodía favorita, tantas sonrisas reflejadas en los charcos que la lluvia dejaba; nuestras voces eran únicas recorriendo las mojadas y tranquilas calles de esta pequeña ciudad, una ciudad que aparentaba ser solo nuestra.
Los días grises eran nuestros, y no, ella no le ponía color a mi día, no hacia falta que lo haga, porque así nos gustaban. Grises, poco agradables a la vista de muchos, pero llenos de vida, de momentos, de risas, enojos y recuerdos.
Eran nuestros, y aunque ya no lo sean, siempre lo van a ser, porque en su momento lo fueron.
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